domingo, 6 de noviembre de 2016

I, Daniel Blake de Ken Loach.

A veces, salgo del cine cabreada; otras, entretenida; otras con la sensación de “Bueno, pues vaya”. Y otras, salgo diciéndome: “Como el cine no hay nada”.
Esto último pensé después de ver I, Daniel Blake de Ken Loach.
Y que conste (y siento decirlo) que a mí no me parece que Loach sea un genio. Nunca fue un director especialmente exquisito, sofisticado ni brillante. Es más bien un artesano eficaz que maneja con acierto las claves esenciales de la realización y que se toma el cine en serio, pero sus puestas en escena no resultan rompedoras, ni innovadoras, ni especialmente poderosas u originales.

Pero, un film, para producir una potente emoción ¿necesita ser una obra maestra, de esas que marcan para siempre el séptimo arte? Pues no, la condición esencial es que ahonde y engrandezca la inteligencia del mundo.


Aclaro que, cuando hablo de emociones no me refiero a las emociones superficiales, ni a emociones circenses tipo proeza o “sobresalto” (asesino que se nos abalanza, ruido brutal e inesperado que nos hace dar un bote en el asiento, inmersión en el pánico a base de fraccionamiento y montaje, bomba que estalla, llamaradas, persecuciones, decorados insólitos...
Me refiero, por el contrario, a emociones que conectan el sentimiento y el pensamiento, que armonizan “los valores pensados y los valores sentidos” (dijo Marina, a quien quizá se le puedan poner muchos reparos, pero cuya formulación en este caso me parece de gran densidad significativa).
Y este film lo logra plenamente y, de hecho, lo considero de lo mejor de su filmografía.
Hablo de Loach pero no olvido ni minusvaloro el trabajo de Paul Laverty, el guionista de I, Daniel Blake y de otros ocho films de Loach. Paul Laverty es también, dicho sea de paso, el guionista de Y también la lluvia (2010) y de El olivo (2016), ambas dirigidas por Icíar Bollaín.
En I, Daniel Blake, Paul Laverty ha escrito una historia densa y ágil a la vez, inteligente, cincelada al milímetro. No hay escenas donde, después de verlas, te preguntes ¿y esto para qué? Todo es revelador y significativo sin ser torpemente “demostrativo”. Un guion que no pierde nunca el hilo conductor de lo que desea contar y cuya historia está tan próxima a la realidad que casi parece un documental.
Y todos los elementos del film siguen esa tónica: decorados, vestuario, actores (sabia mezcla de profesionales y no profesionales, así, por ejemplo de estas últimas, las personas que atienden el banco de alimentos son las que en la vida real están allí). El resultado es de una impactante veracidad: si no nos ha pasado a nosotros, le puede haber pasado a alguien de nuestro entorno. Y si aún no nos ha pasado, salimos con la congoja de que nos podrá pasar.
El Reino Unido se entregó antes que ningún otro país de Europa al neoliberalismo salvaje (lo de “neoliberalismo salvaje” es un pleonasmo, claro). Allí, desde hace años ya, muchos servicios que antes dependían de estado han sido privatizados. Las empresas que actualmente los gestionan funcionan en base a “menor coste, mayor beneficio” y con una meta clara global: acabar con el estado del bienestar.
Y para conseguirlo despersonalizan y automatizan al máximo: llamadas telefónicas que responde una máquina, esperas interminables para hablar con un empleado y, cuando por fin contesta, lo hace como un loro, según las indicaciones del catecismo estricto en el que lo han formado y del que no puede salirse pues no en vano esas empresas funcionan con una siniestra mecánica y sus trabajadores actúan así porque están, a su vez, encorsetados y presionados…
Un mundo brutal, fragmentado, deslocalizado, donde el sistema escupe y convierte en escoria inadaptada a todo aquel que no sea rentable y/o que no quepa en los cuestionarios ni en las modalidades programadas.
Eso es lo que nos describe magistralmente I, Daniel Blake. O dicho de otra manera: I, Daniel Blake reivindica una humilde pero imperiosa necesidad: no aceptar que nos conviertan en seres-máquinas, negarnos al embrutecimiento total que el neoliberalismo construye, mantenernos atentos los un@s a los otr@s, dejar siempre una ventana abierta para conectar con l@s demás.
Y califico tal pretensión de humilde y modesta porque se basa en estos principios: la vida humana no necesita ser extraordinaria para merecer vivirse, los humanos no tenemos por qué ser artistas, inventores, genios, superinteligentes para tener dignidad y no solo las gestas heroicas y las  proezas merecen la pena ser narradas.
También la califico esta pretensión como necesaria porque necesitamos salir del acorchamiento. Sabemos que existe el paro, la injusticia, las personas que penan para seguir viviendo… Lo sabemos, pero, a no ser que frecuentemos a gente que los padezca, poco a poco, esos infortunios se nos  vuelven abstractos. Y por ello es necesario recibir de vez en cuando un pequeño electroshock que nos coloque en la realidad.

Pues eso hace I, Daniel Blake: sacudir nuestra modorra, ofrecernos la posibilidad de agrandar nuestra inteligencia emocional y nuestra empatía. Facilitarnos la comprensión de otras vidas…

2 comentarios:

  1. Es, como siempre lo son tus críticas, precisas, sabiendo ir a lo que importa, sin dejar de lado una digna elaboración o factura (como dicen algunas personas) A mí me gusta lo de la elaboración artesanal.
    Gracias también por compartirla. Un abrazo.

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  2. Por cierto: ¿viste "Historia de una pasión"?. Te envío este artículo de una poeta con quien tuvimos el gusto (por la compañía, no por la película) de ver esta película ya hace días. http://www.fronterad.com/?q=15229
    Otro abrazo.

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