martes, 20 de diciembre de 2016

Ma’ Rosa de Brillante Mendoza, 2016

Brillante Mendoza es un director filipino que ya ha realizado catorce films aunque en España sigue siendo poco conocido porque solo se han proyectado dos películas suyas: Lola (2009) y Cautiva (2012).
Y desgraciadamente, creo improbable que esta, Ma’ Rosa, se vea programada en salas.
Así es que me pregunto para qué escribir sobre un film que la mayoría no podréis ver… Es dudoso que sirva para algo porque, como ya he comprobado en múltiples ocasiones, hasta que un film no se estrena, solo cuatro cinéfilos se interesan por él. Lo cual me parece normal, dicho sea de paso. Y si, por casualidad, meses más tarde, se proyecta, compruebo que nadie recuerda mis escritos. También normal.
Pero, con todo, me lanzo a comentar esta película porque lo necesito.
Empiezo aclarando que no la considero una obra maestra pero sí de enorme interés. Es un gran ejemplo de lo que solo el cine (en fin, digamos más ampliamente que solo el relato audiovisual) puede aportarnos, en qué mundos puede introducirnos, de qué manera puede hacernos más empáticos con otros humanos. Si el relato audiovisual no existiera, quedaríamos privados de una apertura mental, de una fuente de inteligencia y de conocimiento considerables.
Hecho este introito, voy al film.




Me maravilla Brillante Mendoza. Es un director prodigioso. Me asombra su capacidad para contar y mostrar. Sin aspavientos, sin ampulosidad, sin falsas sacudidas emocionales, sin manipulación sentimental pero con una eficacia, una contundencia, una verdad impresionantes (y con cuatro perras).

Ya sabemos que hay películas que embriagan y cautivan. Nos clavan en la butaca con sus cantos de sirena y, para despegarse, son necesarios ímprobos esfuerzos. Mientras las ves debes estar todo el rato diciéndote a sí misma: “No te dejes embaucar por un envoltorio delicioso: son naderías y simplezas”. 
Se trata de superproducciones que, cuenten lo que cuenten, te engatusan porque tienen una fotografía, un colorido, una composición, una puesta en escena, una iluminación, unos decorados, un vestuario, una música hechizantes.
En Ma’ Rosa ocurre todo lo contrario: no acaricia ni arrulla lo más mínimo. Es un film muy radical que no hace concesiones al hedonismo o al relax espectatorial. Nada.
Es áspero en su forma -y en su fondo, por supuesto-, poco agradable: colores más bien feos, iluminación deficiente en los exteriores nocturnos, luz amarillenta o de neón en los interiores; contraluces de farolas que deslumbran, enfoques imprecisos que, a veces, debido a la rapidez del va-y-ven, no se corrigen adecuadamente y provocan desajustes y difuminados (difuminado nada artísticos, ojo).
En algunos planos sentimos un cierto agobio como si nos faltara espacio y perspectiva. La cámara está demasiado “encima” de lo que filma. En otros planos, la toma está ladeada o esquinada (Ma’ Rosa y su marido en comisaría mientras los polis interrogan al otro detenido, por ejemplo).
Pero esta sensación de “estar encima”, demasiado cerca, casi de través, no se consigue con los procedimientos habituales, esos que usan y abusan de primeros primerísimos planos, no. De hecho primeros planos hay pocos y todos fugaces y en movimiento. Aquí ocurre que la cámara, siguiendo los personajes, se introduce en los espacios exiguos y angostos donde ellos viven y donde casi ni ellos caben (la tienda-casa de Ma’Rosa, por ejemplo).
Y, para rematar el malestar y la incomodidad, prácticamente toda la película está filmada con cámara al hombro. Yo suelo odiar ese procedimiento porque me parece mareante. Inútilmente mareante. En este film la cámara al hombro también me mareó pero no me pareció inútil, sino todo lo contrario.
Como, además, hay muchos travellings, las tomas son largas y están montadas en continuidad temporal y espacial, la impresión de “directo”, de realidad son fuertísimas. Es como si estuvieras allí, observando lo que ocurre ante tus ojos, en una sensación de presente narrativo que fluye solo. Es imposible no pensar: “Esto es así, tal cual lo veo”. O sea, sabes que estás en una ficción pero sabes que esa ficción te cuenta la realidad.

Y en estas opciones tan radicales reside la genialidad de Brillante Mendoza. Sí, digo genialidad pues aunque ninguno de los films suyos que he visto me parezca genial, creo que él sí lo es. Tiene esa capacidad extraordinaria de meter al espectador en el relato. El film atrapa porque induce a seguir las peripecias de los personajes, les “pisa los talones”, los acompaña, los sigue, corre para no perderlos, intenta incluso, prever sus movimientos… Mientras lo ves te parece que estás siguiendo un acontecimiento que se desarrolla en presente y ante tus ojos. Pero, vuelvo a repetir, no lo consigue haciendo lo que suelen hacer los films habitualmente. O sea, no es una inmersión emocional, de las que juegan con la identificación/proyección/inmersión a base, por ejemplo, de filmar planos/contra-planos muy cortos, pegados al rostro de quien habla y de quien escucha, como si espectadores estuviésemos metidos entre los dos personajes.

No, Brillante Mendoza no manipula nuestros sentimientos ni usa en ningún momento los códigos del melodrama. No quiere mezclar ni implicar de esa manera a los espectadores. Respeta, por el contrario, la distancia mental y emocional de estos, su lugar espectatorial. Cierto, los espectadores siguen la trama de cerca, sin cejar en el empeño de verla y enterarse pero no están “dentro” de ella.  Brillante Mendoza nos deja ver por nosotros mismos.

Y ¿de qué realidad habla este film? Una realidad desolada y terrorífica. De modo que, visto desde una butaca de un cine en París (o visto desde cualquier lugar del mundo occidental que no sea el de los refugiados tirados en las aceras o en los campos) piensas constantemente: “¡Qué suerte, que suerte no haber nacido allí!”



Te muestra los arrabales de Manila: un vertedero donde, según el Banco mundial, el 40 % de sus 11 millones de habitantes viven en chabolas y se debaten con la miseria, la injusticia, la corrupción…
Tal es el panorama habitual y cotidiano. Pero, encima, les puede caer una desgracia suplementaria. Que los detenga la policía, por ejemplo, como ocurre en este film. ¿Los detienen porque cometen actos ilegales? pues claro, en semejante sociedad el trapicheo, la droga, la ilegalidad es el hábitat “natural” de casi todos los que la pueblan. Sobreviven así ¿cómo si no? Y la policía ¿por qué los detiene? ¿para “hacer justicia”, para darle un margen, un respiro a la legalidad? Ni hablar. Los detienen para robarlos y maltratarlos.

Parafraseando a Marx, podríamos decir que el film retrata una sociedad de lumpemproletariado. Un lumpemproletariado que se mueve entre cambalaches, maniobras y enjuagues porque carece de cualquier medio de producción.
Los personajes de Mendoza no son heroicos, no luchan contra la adversidad, solo intentan esquivarla. No tienen proyectos de cambio, solo se limitan a ir viviendo o sobreviviendo un día tras otro.
No son ciudadanos, son supervivientes.  Tampoco son rebeldes porque para serlo tendrían que analizar lo que les pasa y saber que existe una alternativa y no tienen capacidad para ello. Y así, ante la opresión, el abuso y el machaque su única salida es delatar, echar el muerto a otro, escapar dejando empantanado al siguiente… Pero no actúan por maldad, no los mueve ninguna perfidia planificada ni buscada. Solo la necesidad de sobrevivir.

Y, por eso, cuando vienen duras (o sea, más duras de lo habitual, superduras) saben que solo pueden contar unos con otros: para ayudarse, para negociar, para lo que sea.
Así es y así ha sido siempre en grupos marginales. Eso lo aprendí yo en mi juventud en la cárcel observando a las gitanas que allí había. Podían liar unas grescas tremendas entre ellas, pegarse, hacerse faenas pero, a la hora de la verdad, formaban bloque y contaban unas con otras, no con las payas, aunque las payas fueran maxistas-leninistas-maoistas que querían hacer la revolución proletaria (todo lo cual, dicho sea de paso, para ellas no significaba absolutamente nada).

En esta película, desde el principio al fin, el hilo conductor es el dinero, todo se desarrolla en torno a él. De hecho, el primer plano del film es un recuento de billetes. Aquí el dinero no es algo abstracto, no es el dinero de la especulación, ni el de los bancos, los cheques, las tarjetas de crédito (solo una vez vemos una) es el dinero “primitivo”, el dinero en su materialidad de papel moneda, de billetes en su mayoría ajados, que se cuentan y se recuentan. Billetes miserables que pasan transitoria y fugazmente de unas manos a otras aunque tienen, sin embargo, un significado y un valor diferente para los distintos grupos. Los pobres andan todo el día intentando sacarlo de alguna parte. Ingeniándose como pueden: vendiendo chucherías, vendiendo el propio cuerpo, vendiendo droga, incluso timándose (o intentando timarse) unos a otros. Mientras que, los que tienen algún poder, lo consiguen extorsionando y abusando sin paliativos de los primeros.

Aunque, ojo, Mendoza no construye tampoco una galería de « malos » frente a “buenos”. No fabrica un odio fácil, simple y polarizado. Por supuesto que eso no impide el juicio moral de los espectadores. Somos conscientes de que no todos los personajes son iguales y de que nuestra mirada sobre ellos tampoco puede serlo. Pero Mendoza tiene una manera de filmar que está a años luz de la categorización y caracterización simplista que suelen hacer los films norteamericanos  donde aparece un personaje y a la legua ya podemos decir: “Este es el malo”. No hay tampoco planos de esos que se "deleitan" con  la cruedad del delincuente (aquí policía), explayan con detalle su maldad, nos la refriegan por los ojos induciéndonos una emoción de rechazo visceral que nos hacen odiarlo.

Y es que Ma’ Rosa no personaliza ni en el “héroe” ni en el “villano” porque nos quiere decir algo mucho más inteligente, más complejo y desgraciadamente más real: la corrupción y los abusos no son hechos individuales sino estructurales. Que sí, que los comenten individuos porque su situación les empuja a ello o se lo permite. Los policías abusan y extorsionan más eficazmente porque tienen posibilidad para hacerlo. O sea, no se trata de que el bueno venza al malo y podamos concluir "bien, muerto el perro, se acabó la rabia” porque la rabia impregna y contamina a toda la sociedad. Es esa espantosa mentalidad que tan bien conocemos en España de “el que puede, roba”. Pero que en Filipinas se presenta con una crudeza brutal solo comparable a la que teníamos en tiempos del fascismo. Y diría que en Filipinas mucho peor porque vienen una opresión colonial y porque desde los años 70 para acá se han dado enormes pasos hacia la mundialización, la implantación de sociedades desestructuradas y dislocadas. A la arbitrariedad, a la dictadura, a la miseria de siempre se le ha añadido el móvil, los plásticos, las chucherías, las drogas, los contaminantes, la desarticulación…
No estamos, pues, como dije antes, en  una “encarnación personalizada del mal”, estamos, más bien, ante la banalización y la impregnación social del mal.

Mendoza nos describe una sociedad sin plan ético alguno y –al menos por ahora o en esas capas de población- sin posibilidad de liberación.


Fin: Antes dije que la película huía de los códigos del melodrama y de los primeros planos fijos. Eso hace salvo en la escena final donde vemos un primerísimo primer plano de la cara de Ma’ Rosa absolutamente conmovedor. Lo es más aún porque justamente es el único tan corto y tan persistente. Y porque la actriz, Jaclyn Jose, solo con ese plano, merece, creo yo, el premio a la mejor interpretación femenina que le dieron en Cannes.

Y este plano, que rompe con el carácter despegado-documental, es el broche de oro. Es el que nos pone frente a esas palabras de Shylock en El mercader de Venecia de Shakespeare, cuando dice: “Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos cosquilleáis, ¿no nos reímos? Si nos envenenáis, ¿no nos morimos?”. Es el que nos interpela y nos recuerda que Ma’ Rosa es como yo, como tú, como cualquiera de nosotr@s solo que tuvo la desgracia de nacer pobre y en Filipinas. 


En conclusión, me diréis: tiene pinta muy deprimente ¿por qué verlo? Pues por lo que comenté al principio: por agrandar nuestra inteligencia del mundo y de la humanidad.
Y eso a pesar de que este film, creo yo, visto en la tele debe resultar casi insoportable. En efecto, en una sala de cine estás ahí, tú sola, sumida en la pantalla y el resto es oscuridad. De modo que sigues ese relato áspero y esa imagen poco agradable porque, como dije antes, te sumerge. Ahora bien, pienso: en pantalla pequeña, con luz ambiente, pudiendo mirar hacia otro lado, pendientes del móvil, de la sopa… incluso aunque no haya otras personas que te hablen y te distraigan, aunque no haya niños que reclamen nada ¿puede aguantarse esta peli?

Empecé preguntándome por qué escribía sobre este film. Dije que porque necesitaba expresar mi emoción (emoción pasada por la cabeza). Ahora añado: escribo sobre él porque me irrita enormemente que la crítica babee ante Elle y solo hable de pasada sobre Ma’ Rosa. Me desencaja leer en Le Monde algo así como que estamos en una historia de pobres de siempre. ¿No estamos en Elle en la historia de mujeres masoquistas de siempre?
Notas folclóricas: en el film los personajes hablan en tagalo, salpicado de inglés pero, de pronto, sueltan: "abogado" o "cincuenta mil" (así tal cual).
La protagonista se llama Rosa Reyes, su marido Nestor, sus hijos Raquel, Jackson, Erwin, Castor…




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