lunes, 10 de febrero de 2020

José Luis Cuerda. Al César lo que es de César y, a las mujeres, lo que nos pertenece



No escribo estas líneas como ataque personal a J.L. Cuerda, ni como menosprecio a su trabajo, pero, que le valore como director no significa que deba obviar una mirada crítica sobre su obra.
Ciñéndome La lengua de las mariposas (1999) y desde el análisis crítico feminista, voy a exponer algunos puntos.

Recordemos la secuencia del viaje a otro pueblo que, formando parte de una orquesta, hacen los dos hermanos. Allí, un lugareño (bonita palabra) de cierta edad (cincuentón, desaseado, anti sexi total) los aloja en su casa donde también vive una adolescente que los dos muchachos creen su hija. Cuando se enteran de que es su mujer, la cámara capta la mirada de sorpresa y curiosidad que los hermanos lanzan hacia esa sombra que trajina al fondo de la cocina para darles de comer y servirlos mientras ellos charlan sentados a la mesa. Cuando su “dueño-marido” la llama, la joven acude dócilmente. Este, para ilustrar el relato que está haciendo a sus huéspedes, desnuda sin más preámbulos el hombro la chica, mostrándoles así las huellas que el lobo je dejó. Todo ello sin una mirada de compasión, ni de empatía hacia esa mujer a la que ese hombre trata como un mueble o un monstruito de feria y obviando el hecho de que, al ser su marido, la violará periódicamente y con todas las de la ley y teniendo solo en cuenta su propio deseo.
Supongo que algunos lectores (e incluso algunas lectoras) pueden pensar: “Bueno, eran otros tiempos. Y, en todo caso, lo que el film muestra, es que el tipo es un bruto y los chicos unos insensibles totales”. Ya, sí, pero, al margen de lo que esos tres varones sientan, la instancia narradora puede crear o no una mirada de desagrado sobre los personajes y situaciones.
Conviene detenerse en comentar, una vez más, la distinción entre punto de vista de los personajes y punto de vista de la instancia narradora. Es decir, ésta última, al mostrarnos cualquier situación, nos construye irremediablemente una determinada lectura, una percepción emocional. Ese punto de vista y esa percepción emocional puede coincidir o no con la que sienten los personajes. O sea, ante un mismo hecho - la frustración del deseo de un personaje o su humillación y derrota, por ejemplo- la ficción (o el documental) puede crear un estado emocional de alegría, de pena o de indiferencia. Por ejemplificarlo brevemente: no es lo mismo lo que  sentimos ante las violaciones de Slypers (Barry Levinson. 1996) que ante las de Hable con ella (Almodóvar, 2002). En ambas películas las violaciones no se muestran en pantalla, pero, en el primer caso, esa “no visión” subraya el hecho de que un horror de tal magnitud es propiamente impresentable, mientras que, en el segundo, la “no visión” sirve para esquivar e imposibilitar cualquier movimiento de desagrado por parte de espectadores y espectadoras.
He evocado estas dos películas para demostrar que un relato ni siquiera necesita mostrar literalmente para fabricar un punto de vista, una emoción, un juicio sobre lo que cuenta.
Y, si lo muestra, entonces las diferencias que se construyen entre unas y otras formas de mirar pueden ser abismales y palmarias.
Aquí, en esta escena de La lengua de las mariposas, la instancia narradora, podría, no solo construir una mirada crítica hacia la actitud de los personajes masculinos, sino que podría habernos creado una complicidad con la chica. Podría haberla rescatado de la cosificación absoluta. Podría –aunque fuera brevemente- mostrarnos la escena desde la subjetividad ella, podría haber marcado, siquiera someramente, que ella también es persona que ve, oye y tiene emociones. 
Así, tal como está hecha la escena, no es solo que los tres personajes masculinos no tengan empatía, es que la estancia narradora tampoco y, al fabricar ese punto de vista, condiciona igualmente nuestros sentimientos y juicios cuando miramos el film. Y claro que los espectadores y espectadoras tenemos nuestra propia estructura emocional e ideológica, nuestro propio universo simbólico que pueden oponerse a los que el film fabrica o, por el contrario, ir en su misma dirección y amplificar su eco, pero, indudablemente la película siempre crea un punto de vista. Y un punto de vista emocionalmente potente y muy convincente. Hay que tener un espíritu muy crítico para contrarrestar mensajes tan poderosos como los audiovisuales.
En otras dos escenas más aparece la chica. Una, durante el baile. El chico se lanza a un solo musical dedicado a ella y lleno de contenido amoroso-sentimental. Otra es cuando los músicos se marchan del pueblo montados en una carreta y ella los mira desde lo alto del terraplén.
El film vuelve a repetir el mismo esquema: crea un lazo emocional y de penita pena por ese chico cuyo entusiasmo queda frustrado. Pero obvia totalmente la mayor: la situación horrenda de ella. Él tiene ante sí su vida y su libertad, otras historias se le abrirán, sin duda. La chica, no. La chica “ha llegado a donde iba”, o mejor, a donde la llevaron presa (porque lo suyo es una prisión). Está irremediablemente condenada a vivir sometida y al servicio (en la cama también) de un tipo desagradable, sucio y tirano. Sin embargo, al hacerse la focalización desde el chico, es su pena la que nos apena, es su conmoción la que nos conmueve. Es su perspectiva la que resulta significativa. Lo que le ocurre a la joven está ahí sólo en función del personaje masculino, para provocar ese desgarro en él. La tremenda vida de esa muchacha queda relegada al papel de justificadora de la tristeza del muchacho y, consiguientemente de los espectadores.
En esta película otra escena me resulta insufrible: la final, cuando el maestro es detenido. Resulta que es la madre la que azuza a su hijo para que agreda e insulte al maestro… Francamente… Y teniendo en cuenta la historia posterior (la guerra, la dictadura) el gesto de esta madre es absolutamente repugnante y nos señala a las mujeres como las que, no solo no nos rebelamos sino las que incitamos a la sumisión y, aún peor, exigimos la crueldad a fin de salvar el pellejo.
En este film, hay además, otras figuras de mujer absolutamente esperpénticas pero no quiero entrar en más comentarios.
Conclusión: Mira que las mujeres pintan poco en ese film, bueno, pues lo poco que pintan, lo pintan fatal…

Y, como anécdota, os cuento lo siguiente: un par de años antes de esta película, una directora (con varios filmes en su haber) me contó que había presentado un guion cuya protagonista era una maestra republicana ya mayor (había pensado en Pilar Bardem que entonces tenía 58 años) para protagonizarla. El productor le dijo: “No dudo de que tu historia sea muy interesante, pero, si no cambias ese personaje de maestra para que pueda ser protagonizado por una joven “buenorra” (tipo Maribel Verdú que era la que estaba destinada a esos papeles en aquella época) y no incluyes historias de amor y cama, yo ni me molesto en leer tu guion”. Nota: Fernando Fernán Gómez tenía 81 años cuando el film se rodó.
No estoy diciendo que, caso de haber podido hacer ese film, el resultado sería mejor o peor que el de Cuerda… Digo que así van las cosas y que no podemos ser ingenuas.
Y digo que cuando hoy hacemos una valoración sobre una obra, la hacemos desde hoy y debe incluir nuestra mirada desde hoy. Vale que en 1996 tragásemos sin rechistar estas agresiones (porque lo son), pero hoy no podemos seguir tragándolas sin comentarlas.
Igual pasa con Amanece que no es poco, la película de Cuerda que yo prefiero. Tiene mucho ingenio y mucho humor, pero, francamente, cuando se reparten las “tareas” para el año siguiente y una se ofrece a hacer de puta, dan ganas de chillar: “¿Y ningún tío se ofrece a hacer de mariquita (lo digo así para hablar con el lenguaje de la época) a fin de que los machos del pueblo también puedan disfrutar de esa variante?”.

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