lunes, 8 de abril de 2013

De La dama de hierro y otros biopics


No soy demasiado adicta al género biográfico en el cine.
A mí no me importa la vida de nadie a no ser que la forma y el fondo con la que se narre sean interesantes. El interés reside, pues, en lo narrado, no en saber que esta y aquella otra anécdota le sucedió a fulanito o menganita.




De modo que enterarme de que Lincoln tenía un niño que se paseaba por la Casa Blanca y entraba en tromba al despacho del padre interrumpiendo los más densos debates me deja totalmente indiferente. Y no digo ya ver a Lincoln acostándose en la alfombra junto al susodicho hijo. Se supone que son notas "humanas" que han de enternecerme pero que no me enternecen nada sobre todo porque, concretamente esta película, Lincoln (Steven Spielberg, 2012) es plana, sosa, mediocre (a pesar del dinero y de los actores), plasta, en una palabra. Parece un recetario de cómo hacer cine como churros (sin atrevimiento, sin creatividad, sin perversión, sin nervio): secuencia de tipo intimista, seguida de secuencia de tipo político, secuencia "agitada", seguida de otra más tranquila, sangre para las batallas (incluida la que chorrean la montonera de piernas y brazos cortados), conflicto entre lo público y lo privado, corrupción y maniobras políticas, necesarias por aquello de que el fin que justifica los medios, etc.

De las dos horas y media que dura, dos son inanes. Rescato media hora. Pero lo que aprendo en esa media hora, podría aprenderlo mucho mejor, con más comodidad y en menos tiempo, si lo leyera.
De modo que: abajo Lincoln y arriba el Don Fabrizio Salina (El Gatopardo, Visconti 1963). Con este príncipe que nunca existió, aprendo mucho más sobre la realidad, la historia, el pensamiento, las ambiciones, las transiciones, los miedos, la política, el amor, la conveniencia y todo lo demás que humanamente me afecta e interesa.
No digo que sea imposible hacer buen cine a partir de una biografía. Las hay: Dos hombres y un destino (George Roy Hill, 1969); Ludwig (Luchino Visconti, 1972); Lola Montès (Max Ophüls, 1955); Molière (Ariane Mnouchkine, 1978); ¡Viva Zapata! (Elia Kazan, 1952) por citar unas cuantas muy diversas aunque todas tienen algo en común: su primera preocupación no es la "fidelidad" a la vida del personaje sino la intensidad narrativa de lo que cuentan.












Pero mi experiencia me dice que resulta difícil ante una biografía evitar el peligro de perderse en "anécdotas ilustrativas" y otras inanidades.
Y, ojo, las biografías tienen además, un peligro añadido: aunque el personaje "retratado" sea execrable y en apariencia -suele ser solo en apariencia- se cuenten cosas horrendas sobre él, le tomas "cariño", lo comprendes, creas lazos simbióticos.
 Pensad en La dama de Hierro (Phyllida Lloyd, 2011). Menudo panfletazo neoliberal Hasta sospecho que esté costeada por la trama financiera que mueve el mundo. Ahora bien, habría que estudiar esta peli en las escuelas de cine para ilustrar cómo se fabrica la manipulación emocional en el relato audiovisual.
Y sin grandes sofisticaciones: con los elementos más básicos del lenguaje cinematográfico. Por ejemplo con primeros planos repugnantes de sus oponentes. De modo que no los podemos escuchar ni soportar. Da igual lo que digan, basta con verlos, deformados en la enormidad de la pantalla, intentando comernos el espacio vital. Sentimos visceralmente que nos ahogan, nos violan, nos asquean. Haga lo que haga Thatcher, la preferimos.
Y qué montaje fino: después de imágenes de violencia callejera, violencia de bombas del IRA: todo en el mismo plano emocional. ¡Y, ala, a tragar! Y qué manera de ocultar lo que no se quiere ni decir y de contar lo que se desea resaltar. Lo de Las Malvinas es para nota: 300 marineros argentinos muertos, pero dicho así, de pasada. Además, murieron porque ellos  se lo habían buscado ¿cómo se les ocurre desafiar a la Gran Bretaña. Y claro, esos 300 no tienen rostro, ni deseos, ni penas, ni vida, ni amantes. Son solo sombras. Pero, por el contrario, vemos a Thatcher escribiendo de su puño y letra -como madre que es- a las otras madres de los heroicos muertos patrios…
El año pasado escuché a Hanif Kureishiel, guionista de My beautiful laundrette (Stephen Frears, 1985) que nos contó cosas muy interesantes y, de pasada,  comentó que La dama de hierro le parecía una peli para el museo de cera. Sí, en el mismo sentido que Lincoln es también una peli para el mueso de cera pero siempre que no olvidemos el peligro que encierra. No que el cine pueda obnubilarnos totalmente pero aún no se ha inventado nada que equipare su poder para engatusarnos.
Ahí nos quedamos enternecidos viendo El discurso del rey (Tom Hooper, 2010) y ahí nos tragamos Invictus (Clint Eastwood, 2009) sin reparar en que es de una extrema bobería pensar que la unidad de un país corroído por años de racismo salvaje se consigue gracias a un campeonato. Y más aún, sin reparar en que la mitad de la población de Sudáfrica son mujeres aunque, Eastwood las borra del plano significativo. Hemos de suponer que si sus respectivos señores se aman y enternecen unos con otros, ellas, blancas o negras, los seguirán en su conversión.

Y toda esta larga perorata sobre biopic para deciros que vi Hannah Arendt (Margarethe Von Trotta, 2013). Me interesó mucho más que Lincoln aunque tampoco termina de ser una gran película. Creo que no aprendí nada nuevo. Solo las imágenes de archivo sobre el juicio de Eichmann me hicieron pensar. O sea que, en este caso, la realidad supera a la ficción porque la realidad solo puede ser superada por una ficción que interpele de verdad nuestra vida. Los demás son insustanciales pasatiempos y para ello yo no necesito ir al cine. 

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