miércoles, 2 de marzo de 2016

Gide, rompedor de las barreras que le molestaban y conservador de los abusos que le convenían.

Vi un doc sobre Gide (Avec André Gide, Marc Allégret, 1952) que -en hora y media- consigue la proeza de  no hablar de su homosexualidad ni, menos aún, de su pedofilia.  
Y, ojo, que Gide sí lo confesó abiertamente, o sea, no se trata de especulaciones del tipo ¿era Shakespeare homo?, ni de sacar del armario a nadie que no quisiera salir.
Y otro ojo: el doc es de Marc Allégret que fue su amante cuando tenía 16 años y Gide 49. 
Marc Allegret y Gide

A mí Gide nunca me ha entusiasmado ni como escritor (aunque le dieron el Nobel y no quiero decir pues, que su obra carezca de interés pero a mí no me dice gran cosa) ni como persona.


Prueba del patriarcado brutal en el que aún estamos es que, al hablar de Gide, todos alababan (y siguen alabando) su espíritu libre, contrario a las normas puritanas de la sociedad, su honestidad intelectual, su valentía por haber asumido su pederastia y su homosexualidad…
Pero nadie compadece a esos pobres niños y adolescentes norafricanos a los Gide follaba por unas moneditas. Y nadie compadece a su mujer que se casó con él totalmente engañada, pensando que tendría una vida burguesa, de amante esposa y amantísima madre.
Aclaremos que él se casó con ella cuando ya sabía que era homosexual pero ocultándoselo. Nunca "consumó" el matrimonio. La tuvo de ama de llaves gratis, cuidándole la casa mientras él recibía y correteaba con sus amantes y/o amigos, escritores, músicos, pintores, intelectuales. Así durante 23 años, hasta que ella se hartó.
Y, como dije antes, el machismo está tan incrustado en nuestra conciencia colectiva que nadie (o casi) se indigna con Gide ni la compadece a ella. Nadie dice: ”Pobre mujer, pobre vida arruinada”. No. 
Pero sí comentan el dolor de Gide al enterarse de que ella, antes de dejarlo, había quemado sus cartas. Gide declaró: «Je souffre comme si elle avait tué notre enfant » (Sufro como si ella hubiera matado a nuestro hijo). Obsérvese el egocentrismo: considera que ella debe conservar y amar las cartas de él -ese hijo que él solo engendró- Como si fuera hijo de ambos, Ella ha faltado, pues, al deber sagrado de cuidarlo y preservarlo. Y obsérvese lo pagado que está de sí mismo y de su obra.
Y, en efecto, en el documental, esto último se percibe muy bien: habla como si escribiera, en tono impostado, engolado y declamatorio, consciente del “valor” de sus palabras.
Madelaine, la sacrificada esposa

No, a mí nunca me gustó ni cómo escribía ni cómo era.
Y, para colmo, rechazó la publicación de A la recherche du temps perdu de Proust (Gide tenía el poder de aceptar o no las obras que la editorial Gallimard publicaría) y obligó a Violette Leduc a cortar los capítulos donde ella narraba sus amores lésbicos y su aborto. ¡Toma ya espíritu libre de puritanismo y prejuicios!
Pero, sin embargo, yo creo que tanto Proust como Leduc son geniales, mientras que Gide no.
En fin, quizá exagero, hace muchísimos años que no lo leo y la percepción de la obras cambia con la edad pero es que no tengo ningunas ganas de releerlo. Pero ningunas, ningunas. Con la cantidad de cosas apasionantes que hay por el mundo, perder tiempo (del poco que me queda) leyendo a Gide… Vamos, anda ya.

Notas posteriores:

Ni él un monstruo ni ella una esclava

Varias personas glosaron lo que escribí sobre Gide. Una de ellas decía que Gide no era un monstruo ni Madelaine, su mujer, una esclava. Yo no dije ni lo uno ni lo otro pero, a raíz de ese comentario, me gustaría matizar tres cuestiones.


   1.- Madelaine no era una esclava pero fue amputada –y sin su consentimiento- de lo que seguramente constituían sus expectativas de futuro.

En efecto, es ciertamente muy dudoso que Madelaine espera de su matrimonio placer sexual. En esa época y entre la burguesía, las mujeres estaban educadas más bien en la variante: “Cierra los ojos y piensa en Inglaterra”[1]. Se suponía que no debían tener deseos sexuales, sino prestarse de buen grado a los de sus legítimos esposos. De modo que, la mayoría de ellas no esperaría un orgasmo, ni probablemente supieran que existía tal cosa y, de saberlo –por la masturbación- lo vivirían con sentimiento de culpa y lo ocultarían como un gran vicio, algo raro y vergonzoso que les pasaba.
Hay pocas fotos de Maleine. Aquí, de pie, con una amiga de infancia, Mathilde Roberty


 Pero eso no impide que para ella fuera humillante y motivo de desasosiego comprobar que su marido no quería usar su “derecho marital”. Gide percibía perfectamente ese desasosiego y angustia de Madeleine. Según palabras del propio Gide, ella intentó agradarle haciendo “Tout ce que la pudeur lui permettait” (todo lo que el pudor le permitía). 
Y, claro, como corresponde, Madelaine se culpaba a sí misma del fracaso. Escribió en su diario: "Ah, si seulement j'étais plus belle et savais mieux le charmer!"  (Ah, si pudiera ser más guapa y supiera atraerlo mejor!).

Por otra parte, seguro que lo que sí entraba en las expectativas de Madeleine al casarse sería tener hijos. Gide no le dio la más mínima oportunidad de ello. Y, vuelvo a repetir, tampoco explicaciones.

Madelaine terminó prematuramente envejecida, deteriorada, encerrada en las tareas domésticas, hasta el punto de que (según narra el propio Gide) en algún hotel la tomaron por su madre. Y Celeste Albaret cuenta en sus memorias que ella la tomó por el ama de llaves.


 2.-   Gide no fue un monstruo. Ni falta que le hacía. Cuando el poder y la ideología dominante te respaldan, no necesitas siquiera ejercer una presión especial para imponerte. Basta con saber que tú sí puedes follar o no follar con quien quieras (porque, si eres intelectual con poderío, lo tienes mucho más fácil que si eres pobre e infinitamente más fácil que si eres mujer), frecuentar a quien te dé la gana, entrar y salir, emprender viajes con tus amantes, tener un proyecto de vida propio, poder dedicar tu tiempo y tus energías a lo que te gusta y te interesa, a tu “obra”.
E incluso, llegando a una cierta edad (a los 55 concretamente), puedes decidir que no estaría nada mal tener descendencia a fin de que no se pierdan tus preciados genes. Entonces, tal y como hizo Gide, buscas otra generosa y joven señora, la embarazas, ella te cría y te cuida la criatura y tú luego ya –si tienes un rato y te apetece- ejerces de cariñoso padre y tierno abuelito…[2] 



Gide y su hija


Todo ello sin despeinarse, sin necesidad alguna de ser un monstruo. Es lo que tiene pertenecer a la clase y/o al género dominante.


    3.- Quién protagoniza, gana.

Aunque bastantes de las cosas que sabemos sobre su relación con Madeleine proceden de las confesiones del propio Gide, su conclusión siempre era: “Cuánto sufro por no poder contentarla” (estas no son palabras textuales, aclaro). O sea, él terminaba siendo el protagonista, el que emite su punto de vista y se erige en el centro (incluso de la pena que provoca). Vemos por sus ojos. 
Como tantas veces he explicado a propósito del cine, ese procedimiento tan efectivo para fabricar identificación/proyección.

Así, aunque Gide declare que para Madeleine lo que ocurre es lesivo y triste, la historia que vivimos es la de Gide, ese gran escritor premio Nobel. Estamos con él. No con ella. Y ella importa relativamente poco.

En consecuencia, los exegetas y admiradores de Gide, cuando alaban su honestidad, su valentía moral, etc. etc. no matizan. No dicen, por ejemplo: "Confesarse homosexual en aquella época no era fácil, de modo que sí, que en este tema Gide fue digno de alabar; ahora bien, su comportamiento con Madelaine fue execrable, oportunista, vergonzoso y ranciamente patriarcal".


Las mujeres o no importan o son culpables. Así, Anuradha Bhattacharjee, culpa a la madre de Gide de la homosexualidad de su hijo: «Les tendances homosexuelles de Gide ont leurs racines dans cette enfance sans père, soumis à l'autorité exclusive d'une mère puritaine». (las tendencias homosexuales de Gide, se enraizan en esta infancia sin padre, sometido a la autoridad exclusiva de una madre puritana).

¡Toma ya!



Quizá Madeleine hubiera querido también disfrutar con sus nietos, como Gide con los suyos.


Dicho eso –y como ya comenté- no me entusiasma Gide como escritor pero reconozco que no soy experta en literatura. Y seguramente llevan razón todos los que lo consideran un genio y los que le concedieron el Nobel.




[1] Según se cuenta, esta es la información preparatoria para su noche de bodas que le dieron a la reina Victoria de Inglaterra.
[2] Gide reconoció a su hija quince años más tarde. El hecho de que no la reconociera al nacer lo explica diciendo que no quería hacerle ese feo a Madeleine (ya podría haber tenido otros detalle de “delicadeza” con ella y antes). 





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