viernes, 2 de noviembre de 2018

De Cold War (Pawel Pawlikowski, 2018) salí llorando


Leo a un crítico que opina: "Cold war ya es la mejor película que veremos este otoño".
Triste panorama si esta es la mejor película del otoño...

Cierto, su primera media hora es fascinante. Ese periplo por las músicas populares de Polonia tiene un atractivo algo salvaje y extraño por cómo está filmado y también porque esas músicas nos resultan muy desconocidas y, por lo tanto nos descolocan y alteran, despiertan en cualquier espectador y espectadora no ojos no adocenados una seducción inmediata.

También siguen siendo muy interesantes las secuencias relativas a la creación del centro de recuperación y puesta en valor del folclore del país.
Está muy bien reflejado el veloz proceso de deterioro que sufre la utopía comunista. Utopía que, hemos de reconocer -incluso quienes en su día militamos por ella- ya de por sí se asienta en un sustrato ideológico bastante feroz y poco dado al humanismo “blandengue y complaciente”, como en el fondo considerábamos el humanismo, cegados como estábamos por el ideal de la dictadura del proletariado, esa que iba a resolver todas las miserias del mundo y que, por lo tanto, era la meta que merecía realmente la pena aunque para alcanzarla no debiéramos reparar en los medios ni en las personas que quedaran laminadas.
Pero es que sabemos, además, que, en su aplicación práctica, aquello llamado comunismo, fue una mezcla de dictadura, burocracia y mediocridad. Sabemos que pronto, bajo nueva palabrería, se impusieron los intereses deleznables de siempre y terminaron mandando los mismos mediocres acomodaticios que suelen hacerlo porque son los que no dudan ni un instante en dar todos los pasos necesarios, en aceptar todos los servilismos y en acomodarse a todas las miserias precisas a fin de subir como la espuma y obtener poder.
Todo esto nos lo cuenta la película con economía de medios, sin grandes palabrerías, en dos o tres escenas muy bien narradas.
Luego, cuando empieza la historia de “amor” (pongo amor entre comillas, luego diré por qué) el film va perdiendo pulso narrativo, va decayendo y se va convirtiendo en un tostón.
Un tostón tostonazo que apenas alivian los números musicales…
Para empezar, no controla los tiempos narrativos intradiegéticos (menos mal que inserta de vez en cuando la fecha) y, para seguir, construye unos personajes tontamente opacos y planos. No opacos porque tengan tanta recámara, tanta complejidad que resulte complicado descifrar, no. Son opacos justamente por lo contrario. Lo único que vemos en ellos son dos cosas: su talento musical y el “amor loco” que sienten el uno por la otra y viceversa.
Pero es que ese amor no es creíble. De ninguna de las maneras. Cierto que quien más quien menos ha vivido un amor desmesurado, de esos que te obcecan, te hacen monotemática y te impiden mirar lo demás. Pero es improbable que una obnubilación así dure años y años (aunque, ciertamente, vivirlo solo en dosis muy espaciadas, puede alimentarlo, pero con todo…). Y que conste que ya pensé igual viendo Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005). En ese film entendí que, dadas las circunstancias, renunciaran a vivir su amor. Entendí que cuando vuelven a encontrarse, vuelvan a sentir esas llamaradas, pero ¿así durante veinte años? No cuela. ¡Ah! Y también entendí que, cuando uno muere y el otro va a rememorar su recuerdo, sienta una profunda emoción ante lo irremediablemente perdido (o sea, su juventud), ante la mediocridad y el destrozo de vida (de ambos)…
Pero aquí, en este film, me parece todo mucho más absurdo. ¿O me diréis que está ni medianamente bien narrado el hecho de que ella se vuelva tan histérica cuando vive en París? Vale, podéis alegar que se siente insegura, no consigue adaptarse a esa sociedad que le resulta tan ajena, etc. Son explicaciones plausibles pero que el film apenas da, somos l@s espectador@s quienes tenemos que echarle buena voluntad para dárnoslas. Y tampoco entendemos por qué no son capaces de vivir juntos. Cierto, la convivencia -no digo ya placentera sino simplemente pacífica- no siempre acompaña a la pasión. Pero el film solo nos muestra el resultado, no atisbamos sus causas, ni sus vericuetos. Ni tampoco entendemos por qué esos celos desmelenados cuando están juntos pero que tan estupendamente sobrellevan sabiendo que, a mil kilómetros de distancia, cada uno tiene sus enrolles… En definitiva, respecto a la historia de “amor” pienso que es una elucubración entre adolescente. simplona y mentirosa. Si es amor de verdad, no pueden vivirse así. Si es arrebato, no dura tantos años.
Y bueno, la “machada heroica” de él, directamente me da risa: de modo que se va a "salvarla" sabiendo que no podrá. O, siendo más realistas, deducimos que él sabe que no la salvará de nada sino que la obligará a prostituirse un poco más para salvarlo a él. Y podéis decirme: no se trata de salvar, se trata de estar, por fin, juntos… Pues tres detalles: 1. “A buenas horas, mangas verdes”. Han tenido veinte años para pensárselo… 2. ¿Él es tan iluso como para no saber que, en cuanto ponga un pie en aquel país, irá a un campo de concentración y que, por lo tanto, tampoco estarán juntos? 3. Y aunque ignorara el “detalle” anterior (que ya es mucho ignorar) y pensara que llegaría y ella dejaría su vida y ambos podrían montarse su nidito hogareño ¿no sabe, por la experiencia de París, que no soportan la convivencia?
Y, toque muy "varonil": él se sacrifica por una señora que, a parte de su voz, no sabemos que otros valores atesora y que, para mayor inri, termina alcohólica...
Absurdo de cabo a rabo. Esta idealización tan falsa del amor me irrita. Es mentira y está mal contada.
Me asombra, de verdad, que gente cinéfila, con criterio y con recorrido vital, babeen ante una historia tan cutrecilla.
Creo que, en el fondo, el blanco y negro los obnubila. Cierto que es muy hermoso y cierto que, hoy en día, cuando ya solo estamos en medio de colorín, ver una pantalla en blanco y negro nos cautiva. Pero…
Su anterior película, Ida, era un film muy interesante. Con una o dos pegas, pero intensa. Yo me esperaba algo similar o mejor. Así es que, según avanzaba el metraje, me iba irritando y apenando. Cuando salí ya se me saltaban las lágrimas (por dentro) de pensar “¡qué lástima, por diosa, qué lástima!”

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