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viernes, 16 de febrero de 2018

La forma del agua. Guillermo del Toro

La forma del agua. Guillermo del Toro


Escribí en mi muro de facebook unas líneas entusiastas sobre esta película y se abrió un debate interesante en varios aspectos. Eso me anima a explicarme con mayor detalle y precisión.
¿Qué me gusta de este film?


miércoles, 15 de febrero de 2017

« Lumière! l'aventure commence ». Thierry Frémaux, 2016.


Esta película resultará un embeleso para todas las personas que amen el cine (y creo que para las demás, también).
Cartel italiano de la película

Como es bien sabido, en 1895, los hermanos Lumière inventaron el Cinematógrafo.
Concretamente, el 19 de marzo de 1895 se rodó la primera película: "La salida de la fábrica Lumière". A esta le siguieron muchas más.
Después de una serie de proyecciones privadas o semi, se organizó la primera proyección pública y de pago (un franco), ante treinta y tres espectadores. Fue el 28 diciembre de 1895 en el Salón indio del Grand Café, boulevard des Capucines de Paris. 
A los pocos días, todas las espectativas quedaron desbordadas y las colas eran impresionantes. En París no se hablaba de otra cosa.
Ese éxito fulgurante (aunque según creían los Lumière, pasajero) les animó a formar una serie de operadores y enviarlos a los cuatro rincones del mundo para que grabaran la vida.
Porque de eso se trataba, de mostrar lo que hasta entonces solo había sido accesible para unos cuántos franceses privilegiados: ver Londres, Madrid, Italia, Moscú o China. Ver cómo eran, no solo los lugares, sino las gentes que los habitaban: cómo se movían o vestían, cómo sus idas y venidas, sus medios de transporte, el ambiente… Prodigioso.

jueves, 5 de mayo de 2016

El placer sexual no es cosa de hombres

El placer sexual no es cosa de hombres


Tradicionalmente el placer sexual ha sido “cosa de hombres”. Algo que les pasaba a ellos.
Las mujeres sentíamos amor, ilusión, embeleso, “cositas”, etc. A nosotras nos gustaban los besos, las palabras bonitas, las caricias y demás “adornos”. Pero, a la hora de la verdad, lo suyo, lo de los hombres, era la sexualidad y nosotras éramos simplemente el receptáculo.

Un señor galante se preocupaba por “ir con tiento y delicadeza”. Los brutos se limitaban a decir: “Vuélvete que la meta”.
Pero, tanto unos como otros, daban por supuesto que el placer sexual era como la barba: cosa propiamente viril.

Siguiendo la misma lógica, se aceptaba como normal que los varones, cuando aún no estaban casados o ya se aburrían con su señora o querían extras o variedad, “fueran de putas”. Se consideraba un escape necesario para su vigor de hombres. La iglesia –que controlaba la ideología dominante- decía que era pecado. Aunque, por supuesto, la iglesia –tan paternal- comprendía ese pecado, catalogándolo como inherente a la “naturaleza varonil” cuya “carne era débil”.

En los años 60, como consecuencia de los amplios movimientos de liberación, se reclamó la libertad sexual. Las mujeres  concretamente, gracias a la toma de conciencia feminista, proclamamos nuestro derecho al placer sexual. Dijimos: “Tenemos nuestro órgano sexual específico, se llama clítoris, y disfrutamos con los orgasmos”.

Cuarenta años después ¿la sociedad lo ha asimilado y aceptado? Algunas (y algunos) sí, pero, pasmosamente, bajo apariencias modernas, aún hay bastantes seres de la cavernas: hombres que no pueden admitir que las mujeres seamos sexualmente activas y reivindicativas. Siguen anclados en la idea de que la sexualidad es un asunto suyo y viven como una anomalía la sexualidad compartida. De vez en cuando se enrollan con una a la que han de prestar atención (¡qué remedio!) pero, globalmente, la sexualidad femenina les parece un lata insoportable, una pérdida de tiempo sin interés, cuando no un ataque al poder viril.

Su sexualidad ¿cómo se satisface? Pues muy sencillo: puteando (en el sentido literal y metafórico que prácticamente se superponen).
Porque, además, para ellos la sexualidad sigue siendo algo muy mecánico, pobre y cutre. Consiste en meterla (en ano, vagina, boca) y punto. En ese esquema, solo necesitan protuberancias y agujeros, no una persona.

Una persona más bien estorba. Porque ya sabemos que compartir sexualidad con alguien siempre es un pelín arriesgado. El intercambio sexual no tiene -ni debe- ser peligroso pero sí azaroso, por decirlo de algún modo. En cualquier intercambio humano te expones (vuelvo a insistir en que no estoy hablando de peligro físico sino de un cierto “riesgo” emocional). Nunca tienes la exclusiva del mando y del control. Y, nadie te garantiza el resultado que puede ser mediocre, o trabajoso o decepcionante…
Quizá por eso, ellos prefieren no arriesgar y seguir en el “antiguo régimen”. Les resulta más fácil alquilar un cuerpo, considerarlo solo carne, sentirte dueños de la situación, seguros y poderosos.
A cambio de conservar el poder, renuncian al hedonismo, al placer del descubrimiento, al placer del juego (de juego de verdad, no del juego mecánico de: “ahora ponte así, ahora chúpamela asá”), al placer de explorar otro cuerpo, al placer de dar placer, al de ser objeto/sujeto de deseo, al de descubrirse diferente en cada encuentro, etc.

No sé si deberían darme pena esos seres que, por miedo, por pereza, o por mezquindad moral, viven una sexualidad tan miserable. Pero no me la dan. Ellos pierden, sí pero más pierden las mujeres a las que usan y de las que abusan.

Siguen en el siglo XII (o en la primera mitad del XX), siguen yendo “a lo suyo” (al metesaca) utilizando para ello el cuerpo de una mujer.

Y me preguntaréis: ¿Nada ha cambiado en las nuevas generaciones varoniles? Alguna cosuela. Así, por ejemplo, lo del pecado está completamente pasado de moda. Pero ¿han entendido lo que significa la “revolución sexual”? Sonarles, les suena pero creen que consiste en que se deben follar mucho, incluso compulsivamente y que es casi obligatorio hipersexualizar la vida. De fondo, no han entendido nada. Más allá de lo cuantitativo, lo cualitativo les resulta un arcano mayor que ni se huelen.

Otra cuestión también ha cambiado con respecto a hace treinta años: el tráfico mundial de mujeres con fines de explotación sexual. La mundialización mueve capitales y mueve cientos de miles de mujeres desde los países pobres hacia los ricos. Este cambio les satisface grandemente. Así, ahora, cualquiera con 10€ puede follarse hoy a una cubana, mañana a una nigeriana, pasado a una ucraniana.

Pero lo que de ninguna manera han entendido aún estos seres reaccionarios y retrógrados es que estamos en el siglo XXI y en este siglo, las mujeres ya no somos receptáculos, somos sujetos que aspiramos a la libertad y al placer.

Cuando entré en la universidad (en los 60), estábamos aún en el régimen “pecaminoso”. De modo que ni las parejas de “novios formales” “se acostaban” (este era el vocabulario de la época). Pero yo fui de la generación que le dio la vuelta a todas esas convenciones. Y lo hicimos rápido: cinco años más tarde, cuando acabé la carrera, ya nos “acostábamos” (al menos las chicas progresistas, de izquierdas, rompedoras).

Algunos hombres sí entendieron que la revolución sexual significaba que nuestro placer existía.

Otros no. De modo que venían y te proponían “acostarte” con ellos. Tú, en vez de quedarles inmensamente agradecida, si el tipo o la circunstancia no te apetecían ni atraían decías que no. Se indignaban y te llamaban pacata, conservadora, santurrona, puritana… En fin, lo mismo que te llaman ahora los defensores de la prostitución. Y es que, tanto unos como otros, se creen que su libertad significa el derecho a hacer sin cortapisas lo que les da la gana y nuestra libertad significa que no podemos ponerles reparos.

Ni aquellos “progres” ni estos se han enterado de que la liberación sexual no consiste en que nuestros cuerpos tienen que estar a disposición absoluta de ellos sino en que las mujeres tenemos igual derecho a vivir el placer.

Cosa que consideramos, además, imposible de alcanzar mientras la sociedad  siga admitiendo que nuestro cuerpo es un amasijo descoyuntando de trozos de carne más o menos apetitosa. Mientras que los varones no entiendan que el cuerpo femenino es, igual que el suyo, sujeto, persona.

Nada, ¡no les entra! Y ya estamos en 2016…

Lo revolucionario

Este artículo se publicó en Tribuna Feminista http://tribunafeminista.org/2016/04/sexo-y-revolucion/

Lo revolucionario (que, lógicamente, coincide con lo feminista) es que el intercambio sexual se base en el DESEO MUTUO.

Como comenté el otro día, de toda la vida de dios (es decir, de toda la vida del patriarcado, pues dios es el símbolo patriarcal por excelencia), el sexo era una cosa que los hombres disfrutaban utilizando el cuerpo de las mujeres.

Cuando eran (o son) muy bestias, no daban (ni dan) nada a cambio: violaban (y violan). Y, de toda la vida de dios (ese dios patriarcal), la vergüenza y el oprobio eran para las violadas que ya quedaban como “mercancía estropeada” para siempre. A ellos, por el contrario, no les pasaba nada.

Hoy, en muchas sociedades, hemos conseguido cambiar tal barbarie. Las violaciones se denuncian cada vez más y los violadores son culpables (con sus más y su menos, pero legalmente así es).

Aunque aún hay sociedades donde todo sigue siendo tal cual era antes: si te violan mejor lo ocultas -si puedes- pues como se sepa, estás definitivamente condenada.

Eso, como dije, son los casos más brutales. En los casos más comúnmente aceptados, los varones a cambio de obtener placer utilizando el cuerpo de las mujeres daban (y dan) algo a cambio. Lo que dieran (y dan) depende de las circunstancias.

Por ejemplo, si además de sexo querían que la mujer en cuestión fuera su ama de llaves, su cocinera, su cuidadora, la madre de sus hijos, la que le organizara la casa y la vida familiar, etc. entonces se casaban con ella. Le daban un estatus (miserable o desahogado, según), le daban un lugar en el mundo. Porque las mujeres por nosotras mismas no éramos nada. Nuestra vida resultaba vicaria. Pasábamos del padre al marido. Existíamos en función de otros y ocupábamos un lugar social según con quién nos casáramos.

A algunas, esta situación que describo, les puede parecer la prehistoria pero no, era así hasta hace cuatro días. Tan pocos días que las mujeres que fuimos educadas en esas normas (no solo normas morales y culturales sino legales) vivimos aún.

Como los varones solo pueden tener una esposa, pero, sin embargo, gustan de la “variedad”, necesitan utilizar el cuerpo de otras mujeres. A éstas les daban (y dan) dinero u otros “bienes materiales como, por ejemplo, galletas, agua, aspirinas… cualquier cosilla (tal y como ocurre en los campos de refugiados o en las guerras).

Pero mira tú por donde, las mujeres -con las feministas a la cabeza- no solo reclaman que cesen las injusticias y las discriminaciones. Piden ser dueñas de su vida. No piden que el “amo” las trate bien. Piden no tener amo. Y piden acceso al placer sexual.
Es decir, piden que EL SEXO SE BASE EN EL DESEO COMPARTIDO.

Eso es lo revolucionario. Lo que cambia todo. Lo que de verdad ataca las raíces profundas del patriarcado.

Frente a esta posición revolucionaria se alza lo de siempre pero vestido con nuevos ropajes. Antes nos decían que el sexo no era cosa nuestra, de las mujeres. Que el deseo y el placer sexual, en un hombre sí, se entendía, pero en nosotras… por dios (sí, otra vez dios) qué cosa más fea y pecaminosa…

Ahora te dicen que todo el mundo tiene que querer follar sin descanso, siempre que pueda y en cualquier situación y casi con cualquier cuerpo que se ponga a tiro.

Este imperativo, que vale tanto para hombres como para mujeres, es, sin embargo, más exigente con ellos. En ese sentido, también los varones están muy presionados. Pero, en fin, dejo que ellos encabecen sus luchas, que se atrevan a decir: “A mí cualquier par de tetas que me pase por delante de las narices no me pone. Ni quiero follar todo el rato”. Yo les apoyaré sin dudarlo porque, como feminista que soy, estoy por la libertad de todos los seres humanos.

Pero para las mujeres hay una trampa añadida y monstruosa: lo que nos venden y publicitan como modelo de relación sexual es felación y coito. Felación y coito de cualquier manera y en cualquier posición. Ya no dicen -como antes- que las mujeres tienen que plegarse a los deseos de los varones sino que sus deseos, los de las mujeres, son exactamente los mismos. Es decir: un señor te mete sus genitales por donde te quepan, en plan martillo pilón y ya, con eso, alcanzamos todos los cielos alcanzables.

Me gustaría estar exagerando, pero no. Al decir que no exagero no afirmo que todos los varones ni todas las mujeres sean iguales, ni menos aún que todos -ni menos aún todas- sigan disciplinadamente los mandatos patriarcales. Afirmo -y de manera contundente- que ese es el mensaje patriarcal repetido por tierra, mar y aire.
Acabo de ver treinta y tantas series de televisión (muchas de ellas de última novedad) procedentes de los más variados lugares del mundo. El mensaje está claro: follar es lo dicho más arriba: coito (a ser posible de manera compulsiva, acelerada y violenta) y felación.


Lo comentaré en un próximo artículo.

domingo, 14 de febrero de 2016

Rompiendo las olas. O cómo, debajo de la espuma del “amor”, anida el sadismo.

[Extracto de un artículo más largo] 

 Si para vivir el amor –es decir si para ser reconocidas en el único terreno que se les oferta- las mujeres han de pasar por las más tremendas horcas caudinas, pues pasan. De manera que, en el mejor de los casos, y como dice Adrienne Rich, llevamos el amor como plomo en nuestros tobillos (Diving into the Wreck)… En el peor, se nos predica que el amor justifica cualquier sufrimiento, incluso la muerte.
Para nosotras, a más sufrimiento, mayor amor.
Una ejemplificación cristalina de lo que estoy diciendo, lo encontramos en Rompiendo las olas (Lars von Trier, 1995), película que, en su núcleo duro, en su sustancia, es una apología del maltrato y la violencia de género.



Comentemos algunos aspectos de este film.
Ya al principio, en la secuencia de la boda, queda crudamente planteado qué se entiende por amor y por placer para cada miembro de la pareja.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

La vie d'Adele. Entre le placer y la irritación



Confieso que mis expectativas no eran altísimas, a pesar de la Palma de Oro de Cannes. Quizá porque no olvidaba el precedente de Cuscús (La graine et le mulet) con la que Kechiche ganó, en 2007, el Gran Premio Especial del Jurado de la Mostra de Venecia y que a mí -aún admitiendo su interés- me resultó insoportable en algunos aspectos e indignante en otros. Así es que no iba favorablemente predispuesta.
Quizá por ello, La vie d'Adèle, lejos de decepcionarme, me gustó bastante.

viernes, 3 de mayo de 2013

Antes del diluvio



"Salvaje es la muerte, segadora de la humanidad ¿por cuánto tiempo construimos casas? ¿Por cuánto tiempo nos comprometemos?" Poema de Gilgamesh



Expo "Antes del diluvio". Piezas bellísimas. Emoción al constatar lo que los humanos pergeñaron hace ya cinco mil quinientos años (sí, sí, habéis leído bien).
En Mesopotamia se crearon las primeras ciudades, la primera red de comunicaciones, con vías, canales y postas, la escritura, el cálculo, las unidades de medida del tiempo, el espacio y el valor de los bienes, el derecho, manifestaciones culturales... También, todo hay que decirlo, desarrollaron las jerarquías sociales y la división del trabajo, el capitalismo, un poder fuerte (monárquico o imperial).
Os la aconsejo vivamente. 
Me dejó pensativa esta consideración: la escritura se habría creado, no para anotar lo visible, sino para acercarnos a lo invisible ¿será verdad? ¿qué pensáis?


Responden
Viky Frías Ruiz estoy de acuerdo, aunque la escritura parezca realista, nunca lo es, siempre nos lleva a lo invisible.

 Teresa Conde Santos La escritura siempre nos permite intuir aquello que se esconde tras de ella, lo no "escribible", lo inefable; la escritura es la apariencia que nos muestra que hay algo que no lo es, que no se ve, porque no es posible expresar toda la realidad en palabras. Es más rica y más compleja

 Asuncion Larrinaga: ¿La escritura.........para contarnos lo invisible a nosotros mismos. ciegos

martes, 22 de enero de 2013

Mirad qué burbujitas luminosas se pasean por doquier!



Al fondo, entre la nube, el Bucentaina, en primer plano, los guindos y el hilete (el corrector me señala falta; el corrector tiene un lenguaje pobre y rígido) que me une al mundo. Y no deja de maravillarme que por ese hilucho pasen voces, fotos, letras... Y eso que así, recubierto de nieve parece algo, tiene como prestancia.
En fin, por ese hilico pasa toda la vida que comparto con los otros humanos (sin olvidar los libros, claro).