jueves, 5 de mayo de 2016
El placer sexual no es cosa de hombres
El placer sexual no es cosa de hombres
Nosotras las feministas, decimos que el destino no está escrito
Artículo publicado en Tribuna Feminista
Nosotras las feministas, decimos que el destino no está escrito
La ideología cristiana me repugna. Siento decirlo por si
ofendo a gente buena (a la mala no me importa ofenderla, al revés). Y aclaro
que no estoy atacando a los evangelios sino a la ideología que ha propagado la
iglesia, esa que nos vende el valle de lágrimas, la glorificación del
sufrimiento, la paralizante resignación ante los males del mundo pretextando
que en la otra vida se nos recompensará, esa que pregona que los dolores nos
los manda dios y nos los manda para bien…
Esa que representa Jorge Fernández Díaz, ministro del
interior y miembro del Opus Dei, cuando comenta sobre los asesinatos de
Bruxelas: “Espero que podamos aplicar el dicho de que no hay mal que por bien
no venga”. ¡Y luego acusan a Podemos de connivencia con el terrorismo…!
¡Qué vergüenza siento, por diosa, de compartir país (o lo
que sea pues no voy a entrar en disquisiciones nacionalistas) con un tipo de
esa calaña. Los otros ministros de exteriores deben de haberse quedado a cuadros…
Sí, ya sé que si el cristianismo se extendió fácilmente
entre los esclavos del imperio fue justamente porque les proporcionaba lo que
veían como única “salida”. No podían rebelarse, no podían luchar contra el
sistema, entonces, al menos, el consuelo de creer que en la otra vida, un dios
les compensaría.
Y sé que hoy, en la fase previa a la rebelión, sigue estando
la resignación, el esfuerzo por ver el lado “bueno” de la opresión más salvaje.
A ello se acogen los que no piensan que exista ningún otro escape. Y, por
supuesto, esa ideología de santificación por el sufrimiento se nos ha predicado
con sumo ahínco y sobre todo a las mujeres. Como bien analizó Celia Amorós -y
otras feministas- el patriarcado nos hace depositarias de los “valores” y las
“tradiciones”. Somos una especie de “vertedero espiritual” donde “condensan”
todos los horrores.
Así, en muchos países árabes, ellos, los hombres, se han
modernizado tan ricamente: van con short, en chanclas y con tarjeta de crédito.
Ellas siguen tapadas y de negro. En países donde el sol quema salvajemente, les
obligan a vestir de negro… ¡De negro! Justamente el color más “fresquito”
posible. Cuesta comprender tanto sadismo.
Y el mecanismo no se da solo en los países árabes.
Desgraciadamente se puede generalizar: Todo lo que en una sociedad esté mal visto,
está incomparablemente peor visto en una mujer.
Aún recuerdo nuestra infausto fascismo, aquel que se apoyaba
mutuamente con la iglesia y jaleaba sus siniestras prédicas hacia las mujeres…Y
lo que aún se nos sigue predicando -no de la misma manera, las formas han
cambiado pero el fondo persiste.
Pero no. Nosotras las feministas decimos que el destino no
está escrito. Lo escribimos luchando. Perdonad que me ponga tan mitinera pero
es lo que creo.
El método curativo por excelencia
Este artículo se publicó en Tribuna Feminista.
Los que pretenden curar los males de las mujeres (incluido el feminismo)
con “un buen polvo”
Leo que “Después del coito
vaginal y el sexo oral, la sodomía es la práctica favorita de los humanos”. De
los humanos, no sé; de las humanas, lo dudo. Yo solo he conocido a una mujer
que me haya confesado que le encantaba. No digo que no haya otras porque es
difícil saber lo que realmente hace la gente en la cama y lo que realmente le
gusta pero…
Lo leí en “eldiario.es”, sección “ConsumoClaro”. Y también me mosquea. ¿La sexualidad en la sección Consumo? ¿Por qué no es la de Deportes? ¿o Cultura?
El artículo entero es bastante malo, batiburrillo y contradictorio pero lo que ya me ha dejado estupefacta es leer “el semen, que aporta diversas hormonas euforizantes a la mujer penetrada vaginalmente, se absorbe también vía anal, incluso mejor. Además se dice de este modo un hombre penetrado recibe adicionalmente selenio, un regulador fundamental de nuestra fisiología. Se trata de un elemento antioxidante que estimula el sistema inmunológico” (la cita es literal es que está así de mal redactado).
O sea, pobres hombres heterosexuales, pobres lesbianas: perderse toda esa riqueza de selenio y de hormonas euforizantes! Van a llevar razón esos que pretenden curar los males de las mujeres (incluido el feminismo) con “un buen polvo” (y más si es anal, claro).
Cine y micción
http://tribunafeminista.org/2016/03/cine-y-miccion/
Cine y micción
Someto a vuestra consideración este detalle que siempre me
ha dejado estupefacta: ¿cuántas veces hemos visto la micción masculina en el
cine? Y con qué complacencia, con qué fruición y con cuántas variantes: como
competición, como rito iniciático, como símbolo de fratría, de humor, de
ternura, de compañerismo, etc. etc.
Total, que mientras la micción femenina es una simple
necesidad fisiológica, la masculina es una especie de proeza de interés general[*].
Claro, este ejemplo, de entrada, parece insignificante.
Pero, justamente, su interés radica en su insignificancia. Demuestra que la
cámara puede detenerse a explorar todo lo que tenga que ver con el mundo viril
convirtiendo así en significativos hasta los pormenores más triviales.
Porque la cámara, al filmar un episodio como digno de ser
narrado, lo inviste de interés. Y al revés: si los asuntos, historias,
avatares, opiniones, anécdotas, etc. de las mujeres no se ven, equivale a
considerar que no existen. O, en cualquier caso, que carecen de enjundia por sí
mismos.
Somos seres vicarios en la historia de otros y sólo
aparecemos en función de ellos: la niña de la que él se enamora, la adolescente
que lo provoca, la que le hace sufrir, la mala que lo decepciona, la madre que
lo agobia o lo consuela, la hermana que lo irrita, etc. Recordad Barrio.
Queremos a esos chicos aunque no sean, en principio, nada excepcionales. Los
queremos con sus torpezas, sus fantasías, sus ingenuidades, sus malos rollos.
Nos enternecen sus avatares. Durante hora y media compartimos sus vidas y vemos
el mundo (y, por supuesto a las mujeres) desde ellos. Sufrimos con la decepción
del que descubre que la emigrante que le interesaba es una puta, nos sentimos
provocados por la hermana del otro, nos conmueve ese hombre que desea preservar
a su hijo del dolor y la humillación. Y hasta llegamos a compadecer al padre
que termina viviendo en la calle. Sí, la madre lo ha acusado de maltratador
pero sabemos que es mentira, al menos eso se deduce de la escena. Y aunque
fuera verdad: al no verlo, no nos duele.
En efecto, la inmensa mayoría de las películas nos inculcan
un constante aleccionamiento sentimental, una propaganda masiva, para que conozcamos
y comprendamos los gustos masculinos, perdonemos sus traspiés, nos emocionen
sus penas, nos conmuevan sus debilidades, nos riamos con sus pequeñas o grandes
cosas, rechacemos lo que les hace daño (incluyendo las malas mujeres)...
Y sí, claro, no está mal tener una cierta educación que te
permita ponerte en el lugar del otro. Pero lo que las mujeres recibimos es una
sobredosis de ese tipo de educación que, para colmo, va de par con una cruel
carencia de historias nuestras.
¿Dónde están reflejados nuestros miedos? ¿Dónde el terror de
tener un cuerpo que no guste? ¿Dónde la humillación de saber que constantemente
te catalogarán por tu envoltorio? ¿Dónde las casi siempre difíciles relaciones
con tu madre? ¿Dónde nuestros juegos? ¿Dónde la mirada que ayude a las
adolescentes en la búsqueda de su sexualidad si están inundadas por las
imágenes de la sexualidad masculina?
¿Dónde nuestras proezas?
Y, además (y digo
esto para calmar a las que, por deformación sentimental, sólo están preocupadas
por ellos mismos), las películas que narran el mundo desde perspectivas de
mujeres brindan a los hombres la oportunidad de ocupar nuestro punto de vista.
Enriquecen así su mirada, los hacen más sutiles y más inteligentes. Favor que
les hacemos...
Lo revolucionario
Este artículo se publicó en Tribuna Feminista http://tribunafeminista.org/2016/04/sexo-y-revolucion/
Lo revolucionario (que, lógicamente, coincide con lo
feminista) es que el intercambio sexual se base en el DESEO MUTUO.
Como comenté el otro día, de toda la vida de dios (es decir,
de toda la vida del patriarcado, pues dios es el símbolo patriarcal por
excelencia), el sexo era una cosa que los hombres disfrutaban utilizando el
cuerpo de las mujeres.
Cuando eran (o son) muy bestias, no daban (ni dan) nada a
cambio: violaban (y violan). Y, de toda la vida de dios (ese dios patriarcal),
la vergüenza y el oprobio eran para las violadas que ya quedaban como
“mercancía estropeada” para siempre. A ellos, por el contrario, no les pasaba
nada.
Hoy, en muchas sociedades, hemos conseguido cambiar tal
barbarie. Las violaciones se denuncian cada vez más y los violadores son
culpables (con sus más y su menos, pero legalmente así es).
Aunque aún hay sociedades donde todo sigue siendo tal cual
era antes: si te violan mejor lo ocultas -si puedes- pues como se sepa, estás
definitivamente condenada.
Eso, como dije, son los casos más brutales. En los casos más
comúnmente aceptados, los varones a cambio de obtener placer utilizando el
cuerpo de las mujeres daban (y dan) algo a cambio. Lo que dieran (y dan)
depende de las circunstancias.
Por ejemplo, si además de sexo querían que la mujer en
cuestión fuera su ama de llaves, su cocinera, su cuidadora, la madre de sus
hijos, la que le organizara la casa y la vida familiar, etc. entonces se
casaban con ella. Le daban un estatus (miserable o desahogado, según), le daban
un lugar en el mundo. Porque las mujeres por nosotras mismas no éramos nada.
Nuestra vida resultaba vicaria. Pasábamos del padre al marido. Existíamos en
función de otros y ocupábamos un lugar social según con quién nos casáramos.
A algunas, esta situación que describo, les puede parecer la
prehistoria pero no, era así hasta hace cuatro días. Tan pocos días que las
mujeres que fuimos educadas en esas normas (no solo normas morales y culturales
sino legales) vivimos aún.
Como los varones solo pueden tener una esposa, pero, sin
embargo, gustan de la “variedad”, necesitan utilizar el cuerpo de otras
mujeres. A éstas les daban (y dan) dinero u otros “bienes materiales como, por
ejemplo, galletas, agua, aspirinas… cualquier cosilla (tal y como ocurre en los
campos de refugiados o en las guerras).
Pero mira tú por donde, las mujeres -con las feministas a la
cabeza- no solo reclaman que cesen las injusticias y las discriminaciones.
Piden ser dueñas de su vida. No piden que el “amo” las trate bien. Piden no
tener amo. Y piden acceso al placer sexual.
Es decir, piden que EL SEXO SE BASE EN EL DESEO COMPARTIDO.
Eso es lo revolucionario. Lo que cambia todo. Lo que de
verdad ataca las raíces profundas del patriarcado.
Frente a esta posición revolucionaria se alza lo de siempre
pero vestido con nuevos ropajes. Antes nos decían que el sexo no era cosa
nuestra, de las mujeres. Que el deseo y el placer sexual, en un hombre sí, se
entendía, pero en nosotras… por dios (sí, otra vez dios) qué cosa más fea y
pecaminosa…
Ahora te dicen que todo el mundo tiene que querer follar sin
descanso, siempre que pueda y en cualquier situación y casi con cualquier cuerpo
que se ponga a tiro.
Este imperativo, que vale tanto para hombres como para
mujeres, es, sin embargo, más exigente con ellos. En ese sentido, también los
varones están muy presionados. Pero, en fin, dejo que ellos encabecen sus
luchas, que se atrevan a decir: “A mí cualquier par de tetas que me pase por
delante de las narices no me pone. Ni quiero follar todo el rato”. Yo les
apoyaré sin dudarlo porque, como feminista que soy, estoy por la libertad de
todos los seres humanos.
Pero para las mujeres hay una trampa añadida y monstruosa:
lo que nos venden y publicitan como modelo de relación sexual es felación y
coito. Felación y coito de cualquier manera y en cualquier posición. Ya no
dicen -como antes- que las mujeres tienen que plegarse a los deseos de los
varones sino que sus deseos, los de las mujeres, son exactamente los mismos. Es
decir: un señor te mete sus genitales por donde te quepan, en plan martillo
pilón y ya, con eso, alcanzamos todos los cielos alcanzables.
Me gustaría estar exagerando, pero no. Al decir que no
exagero no afirmo que todos los varones ni todas las mujeres sean iguales, ni
menos aún que todos -ni menos aún todas- sigan disciplinadamente los mandatos
patriarcales. Afirmo -y de manera contundente- que ese es el mensaje patriarcal
repetido por tierra, mar y aire.
Acabo de ver treinta y tantas series de televisión (muchas
de ellas de última novedad) procedentes de los más variados lugares del mundo.
El mensaje está claro: follar es lo dicho más arriba: coito (a ser posible de
manera compulsiva, acelerada y violenta) y felación.
Lo comentaré en un próximo artículo.
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